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Hijos

19 abril, 2018

“A los hijos hay que amarlos, no necesitarlos”

Ellos son psicólogos, son columnistas de Sophia y llevan años dedicados a escuchar y asesorar a padres e hijos. En esta charla comparten su experiencia y buscan acompañar a otros con pautas y consejos. Para disfrutar del desafío de criar y no solo sobrevivir al intento.


Por Agustina Rabaini. Fotos: Martín Pisotti.

Los dos son especialistas en vínculos y crianza, se conocen desde hace años y eso los vuelve un poco cómplices, pero es su experiencia como padres lo que les da autoridad, espontaneidad y calidez a la hora de compartir esta charla con Sophia. Maritchu Seitún es psicóloga, atiende consultas sobre niños y guía a sus padres. Miguel Espeche también es terapeuta, y asesora en particular a adolescentes y a familias de adultos jóvenes. Ambos reciben inquietudes y casos a diario, dictan charlas, publicaron libros y son columnistas en medios gráficos y en TV.

El encuentro será, café de por medio, en la casa de Maritchu y con fondo de jardín. Es allí donde vamos a conversar sobre los temas que más nos inquietan o preocupan. Vinimos a preguntarles cómo ven este momento en la clínica, en las casas, en las escuelas y en las calles, y cuáles son los mayores desafíos para los padres que crían hijos hoy, en una época en la que los abuelos ya no están tan presentes.

Miguel ve y vive la etapa de la crianza como un lugar de creación y eso marca una diferencia de entrada: “La paternidad es un lugar poderoso y una fuente de energía desconocida para quien no haya transitado ese territorio”, se entusiasma. Maritchu, al lado, agrega: “Cuando les toca criar y acompañar a sus hijos, los papás necesitan primero volver sobre sus pasos y repensar sus propias capacidades. Pararse ahí. Eso, para empezar”.

–¿Qué es lo que están viendo en el consultorio en estos días?

–Maritchu: En los últimos tiempos, el consultorio ha ido cambiando y los papás están muy perdidos, las mamás apelan a un amamantamiento prolongadísimo, hay falta de límites, y en chicos más grandes, aparece el miedo como consecuencia. Los adultos mayores perdieron valor de referencia y eso hace que los papás estén más solos. Antes les preguntábamos a nuestras mamás y ellas nos aconsejaban. Hoy las mamás jóvenes les dicen a sus madres: “Callate, vos no entendés”.

“Winnicott dijo en uno de sus libros que la primera cosa que tiene que hacer un papá es ‘mantenerse vivo’ y yo imagino que quiere decir vivos, sanos, de buen humor, con ganas de estar con sus hijos. Si vos sos un esclavo de tu hijo, a las ocho de la noche no vas a querer estar con él”. 

Maritchu Seitún

–Miguel: A mí me consultan padres de adolescentes y adultos jóvenes. Y es increíble ver cómo sienten las problemáticas de sus hijos de 25 y hasta 30 años con el mismo nivel de preocupación que si se tratara de chicos de 18. En los padres veo dificultad para marcar las diferencias de edad, responsabilidades y atribuciones de cada momento. Pasan de cierta banalidad en el acceso a la paternidad a verse sorprendidos por el esfuerzo que significa el nuevo rol: sienten angustia cuando tienen que ponerse firmes y marcarles la cancha. Quieren diferenciarse de sus padres, pero a veces no les sale y se frustran.

–Las nuevas generaciones tienen hijos siendo más grandes. ¿Cómo son estos padres y cómo son sus hijos? 

–Maritchu: Son padres que suponían que ser papá y mamá iba a ser más fácil, pero se encuentran con una sorpresa o un susto tremendos. Que no cuenten con sus propios padres –los abuelos– hace que busquen consejos en otros lugares mediante consultas o en libros.

–Eva Millet, una periodista española que investiga sobre temas de crianza, sostiene que en la familia debería seguir existiendo una jerarquía con el padre arriba y el hijo abajo. ¿Qué opinan ustedes? 

–Miguel: Es una catástrofe que ya no se vea así y que el poder que otorga esa jerarquía se considere perverso en sí mismo: una pretensión de abolición de los lugares que tiene la estructura familiar. Como los padres no pueden apelar con confianza a lo que aprendieron de sus padres, están dándose cuenta recién ahora de por qué hace falta que un chico esté bien sentado a la mesa. Esa sensación de soledad en relación con las referencias hace que tengan que empezar de cero y eso los sobrecarga psicológicamente.

–Maritchu: Si queremos ser modernos, sería interesante que ahora, en vez de estar papá solo arriba, estén papá y mamá: una jerarquía superior compartida.

–El cambio en los roles es algo que se está dando y las atribuciones no son tan rígidas: el padre ya no carga con el peso de la autoridad exclusivamente…

–Miguel: Hoy es directamente al revés: a mi consultorio vienen las madres y me hablan de “yo y mi hijo, mi hijo y yo”. Al rato uno pregunta: “Perdón, pero ¿y el papá?”. “Ah, sí”, dicen. Te das cuenta de que gran parte de los temas derivan de la no incorporación del otro para llevar adelante la crianza. Cuando les pregunto por el marido, primero se resisten, pero después se dan cuenta de que él puede ser un apoyo o un sostén. Los maridos quizá tengan un código diferente para abordar los temas de los hijos, pero perfectamente válido y necesario.

–Maritchu: En mi consultorio lo que veo es que la que se ve obligada a poner los límites es la mamá. Para muchos chicos, el papá es el que llega, juega hasta las nueve y media de la noche, y los deja excitados. Ellas sacaron a los maridos del lugar rígido de antes, o ellos se fueron corriendo; la cuestión es que ya no se hacen cargo de la puesta de límites. Cuando se da una simbiosis madre-hijo, la mamá no suelta a su bebé, pero tampoco hay un papá que le diga: “Vos sos mi mujer y el bebito también es mi hijo”. El fenómeno es circular: ella no suelta al hijo porque el papá no lo agarra, y él no lo agarra porque la mamá no lo suelta.

–Miguel: Ahí uno se pregunta dónde empezó la cuestión, pero llega un momento en que ya no importa tanto como la inmadurez general y cultural impregnada en ambos roles. Se apuesta al gozo o al placer de la función, y los padres, en lugar de marcarles la cancha a sus hijos cuando llegan a sus casas, los dejan hacer. Por culpa o por temor a perder el amor de los chicos, la puesta de límites escasea.

–Y también están los padres que se anticipan a los deseos de los hijos y les dan todo, la “hiperpaternidad”…

–Miguel: Sí, ese es un concepto sobre el que escribió Eva Millet en referencia a los padres “helicóptero”. En su libro analiza cómo son los hijos de estos padres. Se trata de una paternidad bien de sacerdocio del consumo. Nos tenemos que ocupar de que el chico consuma y no tenga nunca esa sensación de vacío que nosotros le otorgamos. Vemos al chico como una entidad vacía que tiene que ser llenada por elementos y, en vez de darnos a nosotros mismos como padres, con la complejidad que eso implica, les damos cosas. Es algo que ocurre en todas las clases sociales: los padres compran zapatillas o teléfonos de última generación en una carrera imparable.

–Maritchu: Esta necesidad puede tener que ver con el narcisismo y con lo no atendido de los padres en sus propias infancias, aquello de que “quiero darle a mi hijo lo que yo no tuve”. Pero también con la sociedad de consumo. Las corporaciones gastan fortunas en inventar necesidades.

–Miguel: Cuando los padres se sienten en falta por no comprarles el iPhone 7 a sus hijos, yo les digo que lean los Derechos del Niño y busquen en qué renglón está escrito. No lo van a encontrar. Puede ser que pequen contra la religión del consumo, pero ese es un dios banal, que nos quiere a todos, niños y grandes, consumidores.

–También está el tema de la sobreexposición a las pantallas. Catherine L’Ecuyer, abogada y mamá, escribió best sellers que promueven la educación “en el asombro”. Ahí menciona que las nuevas generaciones hiperconectadas son menos empáticas. ¿Qué opinan?

–Maritchu: Si hablamos de primera infancia, me gustaría que las mamás, tan encandiladas con lo que la tecnología les ofrece, puedan registrar que se está perdiendo el vínculo uno a uno. El cableado cerebral está hecho para vínculos persona a persona, no para vínculos persona-pantalla. Cuando yo daba de mamar, también miraba la novela de la tarde, ¡pero no miraba una novela y estaba con el celular en la mano cada vez que daba de mamar! En cuanto a los adolescentes, todo esto me recuerda la película Play Again (N. de la R: el film de Tonje Hessen Schei de 2012), que seguía a un grupo de adolescentes hipertecnificados a los que los padres inscriben contra su voluntad en un campamento. Al principio, los chicos están furiosos pero, a medida que pasan los días, aparecen el asombro y las reflexiones. No es lo mismo jugar al tiro al blanco en la computadora, por ejemplo, que hacerlo con las manos y dar al blanco en la vida real.

“En el mundo de la relatividad y frente a esta jactancia de no tener creencia y que todo sea líquido, de pronto amanecés y tenés un hijoDios, su majestad el hijo. Un chico que no solamente llega, sino que te ordena la vida y le da sentido. El problema es cuando le da un único sentido y carga eso sobre sus hombros. A los hijos hay que amarlos, no necesitarlos”.

Miguel Espeche

–¿Y qué pasa cuando la mamá o el papá no están en casa y los chicos tienen acceso a la computadora con 9, 10 u 11 años? ¿Cómo los acompañamos? 

–Maritchu: Esa es una exigencia más grande para el hijo que para la mamá, porque tiene que aprender a controlarse solo. Lo que hay que saber es que los estímulos y los temas llegan de una manera u otra, y por eso hay que  actuar con firmeza y anticipación desde temprano. Llegado el momento, los chicos podrán saber que no todos los cuerpos ni las relaciones sexuales son como se ven o les mostraron, por ejemplo, pero para eso tienen que haber tenido una referencia clara en casa.

–Miguel: Yo recomendaría separar los territorios en términos psicológicos y morales, y decir: “Esto está bien y esto no”. Y tener en cuenta que la inmunología de los chicos está mucho más exigida. Para sortear barreras, deben tener un sistema prestigioso de discernimiento. Frente a estas situaciones no puede haber un padre atemorizado, implorante o sobreactuado, sino uno que diga con firmeza: “Esto es un embole” o “No es el momento; todavía no tenés elementos para entenderlo”. No recomiendo decirles que algo está mal, sino que no es aconsejable. Nuestros hijos pueden ser frágiles en un sentido, pero tienen que aprender a escuchar. Nuestro amor por ellos no es tan frágil ni nosotros lo somos, porque, si no, estaremos apelando a reflejos atemorizados que nos desprestigian a los ojos de ellos y que puede hacerlos entrar en zonas confusas.

–Hoy un preadolescente puede parecer muy despierto y estimulado pero emocionalmente tiene la edad que tiene. Se dice mucho eso de que los chicos de 11 parecen los de 13 de antes,  los de 13 de 15, y así… 

–Maritchu: Es que no son todos así. Si el que tiene 11 parece de 13, a veces hay parte de responsabilidad de los papás que los visten de grandes o les adelantan la fiesta con bola de espejos y disc jockey. Ahí los papás también están jugando y reviviendo su propia independencia. Yo digo que el WhatsApp de mamis sería maravilloso si fuera usado para poner pautas. ¿A qué edad los dejamos ir a dormir a la casa de un amigo? ¿Cuándo empiezan las piyamadas? Sería maravilloso que se usara para eso y no para el chisme de que la maestra es mala y lo retó al nene.

–Miguel: El WhatsApp habilita esto de “pegarles” a lo que deberían ser figuras de autoridad para los chicos. Si para algo sirven los hijos, es para darnos cuenta de que somos adultos. Si no te diste cuenta, te distraés o te defendés en lugar de jugar en primera, como corresponde. En la etapa de la escuela, hay que saber establecer alianzas. Si no te gusta la maestra, hablá con la  directora. Lo que no se puede perder es la relación de respeto ni ser demagogos con nuestros hijos. Decirles, por ejemplo: “Te voy a demostrar cuánto te quiero porque voy a ir a boxearme con la maestra” o “Voy a ir a hablar al boliche para que la fiesta sea con alcohol”.

–Maritchu: Acá se quebró aquello de que “hace falta un pueblo para educar a un niño”, la idea de que a los chicos los educamos entre todos: con la abuela, con la vecina, con la tía… Otra recomendación es armar redes con los que tenemos cerca. Me gusta dar el ejemplo de las muñecas rusas: el chiquito con la mamá afuera, el papá afuera de la mamá, y después el cole, el club, la parroquia, el municipio, el gobierno. De esta manera el chico crece protegido por un entorno que lo contiene y lo cuida.

–Volviendo al tema de la crianza: por un lado está la exigencia y todo lo que uno quiere para sus hijos, y, por otro, el deseo de que tengan recursos emocionales y sean felices. ¿Cuál es el equilibrio?

–Maritchu: Con el viejo sistema autoritario había mucha firmeza y ninguna comprensión. Después apareció el otro extremo: toda comprensión y ninguna firmeza. Ahora estamos tratando de llegar a una situación intermedia, con la firmeza de la buena autoridad y la comprensión. Podés decirle: “Comprendo que te quieras comer tres alfajores, pero te digo que no, porque te va a doler la panza” o “Entiendo que no quieras ir a estudiar, pero vas a tener que sentarte porque tenés un examen importante”. Eso es distinto que decir: “Sos un desa-gradecido. ¡Con lo que yo pago de colegio!”. No te trabajo la moral, no te castigo, entiendo todo pero después marche preso.

–Miguel: Es que el marche preso también es afecto. Primero el padre valida la emoción del chico, pero ese no puede ser el punto final sino el punto de inicio de la situación. Yo te comprendo, pero a eso le agrego que te tenés que bañar porque hay cosas que van más allá de tu emoción.

–¿Hay algo más que me quieran dar como consejo en esta escuela de padres que estamos proponiendo?

–Maritchu: A mi edad de abuela, a los papás les propongo que estén lo más posible y no pierdan de vista que los años pasan; porque cuando quieran estar con sus hijos, ellos ya no van a querer estar. Los hijos chiquitos no pueden decir: “Papá, quiero pasar tiempo con vos”. Se acostumbran a estar solos, mirando la tele. No digo que estén como papás “helicóptero”, fiscalizando cada paso que el hijo da, sino presentes, fortaleciendo el vínculo, pasando tiempo juntos.

–Miguel: Las madres helicóptero están más preocupadas por hacer las cosas bien, y por su afán de control, que por estar simplemente presentes. Y los chicos se dan cuenta de eso. La familia no es una fábrica de gente; es un espacio sagrado donde no solo hacés la forma de barro –como en el Génesis–, sino que después soplás y le das la vida. Hay padres que se ocupan mucho de la tierra y poco del soplo, y ese soplido es el que a los chicos les da ganas de vivir. Al estar presentes gozosamente, los padres pueden ser un horizonte apetecible. Con angustia, en forma de ausencia o de sobrepresencia, quedan a merced del mercado y de la pavada. El alimento verdadero vendrá de la mano de la presencia y de encontrar puntos de disfrute con los chicos.

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