Sophia - Despliega el Alma

14 diciembre, 2013

«A los 54 vuelvo a la universidad»


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Juan José Campanella

Pasó de contar relatos pequeños e intimistas a ocuparse de los problemas sociales y la comunidad. En ese viaje, pudo conocerse mejor y entender qué es lo que ya no quiere contar. Su decisión de estudiar Ciencias Políticas, sus amores, los varones del siglo XXI y mucho más, según este gran observador de los argentinos. Por Agustina Rabaini.

“Todos tenemos dos vidas, pero solo cuando la segunda comienza, te das cuenta de que tenés solo una”. (Leyenda popular)

Es temprano, domingo a la mañana, y Juan José Campanella está por subirse a un avión rumbo a Atlanta, Estados Unidos, para dirigir un segundo capítulo de Hot and cut fire, que  promete ser “la” serie televisiva de 2014. No desdeña la oferta, más bien la celebra, pero también se lo escucha agotado, con ganas de quedarse un rato más en el escritorio de su casa en San Telmo. No es para menos: aquí quedan su mujer –la diseñadora de vestuario Cecilia Monti–, y Federico, el hijo de 6 años de la pareja, y uno de los motivos por los que su papá va mucho menos al cine o, al menos, a ver películas para mayores de 13 años. Las de chicos ya las vio todas.

La anécdota nos lleva a la propia infancia del director, cuando era apenas un niño y miraba dibujitos con pasión –Bugs Bunny y compañía– o soñaba con meterse del otro lado de la pantalla. Hasta que averiguó cómo hacer. Y se metió en una pantalla mucho más grande.

Luego de comenzar sus estudios de cine en Buenos Aires, a los 23 viajó a los Estados Unidos para formarse en la Universidad de Nueva York, y empezó a dar sus primeros pasos deslumbrado por las mismas películas que hasta hoy integran la lista de sus favoritas: Qué bello es vivir, de Frank Capra; Nos habíamos amado tanto, de Ettore Scola, y el cine de Martin Scorsese.

A fines de los noventa regresó a nuestro país para filmar el primer largo que  estrenó en salas comerciales, El mismo amor, la misma lluvia. Y con los años tuvo la suficiente perseverancia para llegar lejos hasta ganar un Oscar –por El secreto de sus ojos–, filmar una película con una calidad visual solo comparable a las de Pixar –Metegol– y poner su firma como director de exitosas series de la tevé norteamericana, como La ley y el orden o Dr House. Esto, por no mencionar sus incursiones en la televisión local con producciones como Vientos de agua y El hombre de mi vida, además de su debut como director teatral en Parque Lezama, la obra que dirige en el teatro Liceo de Buenos Aires.

–Juan, hace poco dijiste: “Uno es sus amores, sus miedos y el lugar al que pertenece”. ¿Cómo sería eso?

–Lo que quise decir es que esas son las cosas que te definen. También están los gustos y otras pasiones, pero lo que más te define es lo que amás y lo que temés, porque es lo que te hace actuar. Tu vida va a depender, en buena medida, de poder encontrar a la persona que amás y  tener una profesión que te haga más o menos feliz.

–En esa búsqueda del amor y de un trabajo que te apasione, vos encontraste un hogar…

–Sí. Una vez leí que, después de los 40 años, empezás a hacer lo contrario a lo que hiciste durante los primeros 40. La crisis de los 40, o de la edad media (¿se dice “mediana edad”, no?), trae muchas cosas. El que se casó temprano, muchas veces decide separarse. El que era sedentario se da cuenta de que tiene que cambiar. Y yo, que hasta los 40 iba de relación en relación, a esa edad pude conocer a mi mujer, y todo cambió. Por eso, valoro tanto la estabilidad y el hogar. En este momento, estoy sentado en mi estudio y sueño con que sea el mismo hasta que me muera. Y cada vez me gustan menos los viajes. Pero me cuesta decir que no a algunos trabajos. Son los resabios de mi vida de freelance.

–¿Qué dirías que queda de aquel chico de 23 que estudiaba cine y defendía algunos clásicos o películas cómicas frente a las películas de moda del momento?

–Todavía me siguen gustando las mismas películas y, tal vez, conserve esa inquietud por probar cosas nuevas. Ese apasionamiento por distintos temas, que van cambiando. El año que viene, por ejemplo, empiezo la carrera de Ciencias Políticas. Debe de ser esa necesidad de querer vivir todas las vidas posibles. Como decía (Alejandro) Dolina, nuestro gran dilema es querer vivir todas las vidas cuando estamos condenados a vivir solo una.

–¿Las ganas de filmar y contar historias siguen intactas?

–No. Después de Metegol, quedé exhausto y, luego de contar varias historias, siento que estoy medio lleno de cine. O, al menos, empiezo a preguntarme qué quiero seguir haciendo. Tal vez, dentro de seis meses, tengo una historia para la próxima película, pero necesito tomarme un tiempo. Hasta ahora, en las historias, hablé mucho de mí. Y siento que cubrí muchos temas. De lo único que quiero hablar ahora es de esta sensación de ver venir la muerte, un tema que ya aparece en la obra Parque Lezama.

–Quizá tengas que descansar, Juan. Tomate unas vacaciones, un tiempo sabático, y volvés con todo…

–Eso espero, espero. Pero entonces el tema de la vejez y la muerte son lugares  a los que me gustaría volver, porque vengo leyendo mucho sobre eso. No quiero caer en la repetición, quiero encontrar algo que me interese y, entonces sí, me gustaría seguir. Uno de mis modelos de vida es Ted Kotcheff, el jefe de directores de la Ley y el orden y de películas como Rambo. Cuando lo conocí, tenía 82 años y era una especie de Hemingway de un metro noventa que iba a trabajar todos los días. Eso es inspirador, pero la sensación de que uno entra en una zona de riesgo también está. Veo a mi hijo, y veo la continuidad. Me lo imagino a los 30 años recordando a su viejo, o sea, a mí (se ríe).

–Pensaba que los varones de tus películas están alejados del prototípico “macho argentino” y  algunos son, más bien, vulnerables. ¿Dónde están parados los varones ahora?

–Las posiciones machistas, al menos en mi ambiente, han ido desapareciendo bastante. Los tipos expresan más sus sentimientos o se permiten hacerlo, y se permiten incluso tener sentimientos encontrados o confusos. Los de mi generación fuimos criados bajo el paradigma de ser la roca de la familia; no podías permitirte teclear ni dudar. Y poco a poco, los cambios empezaron a  llegar. Aun así, si para una mujer estar sin trabajo es un problemón, para el hombre estar desocupado tiene una dosis de humillación muy fuerte. Sigue sintiendo que fracasa.

–¿Lo viviste?

–Sí, y recuerdo el bajón, a mediados y fines de los noventa, cuando no andaba bien en la profesión y sentía esa preocupación y humillación. Por eso, después lo reflejé en las películas. En Luna de Avellaneda es notoria la humillación del tipo por no poder mantener a su familia. Y en El hijo de la novia también aparece. En circunstancias así los tipos nos sentimos atrapados.

–Antes expresabas tu preocupación por buscar ideas, si no originales, interesantes, pero en tus películas los temas son los que te preocupan u obsesionan. Parece un camino seguro…

–Sí, eso siempre me importó, sale así. De hecho, cuando empecé El secreto de sus ojos, no estaba del todo convencido de la historia, porque me encantaba como policial, pero no encontraba mucha relación con lo mío. Hasta que surgió el tema de la soledad en la vejez, ese miedo en el momento de cerrar las cuentas de la vida. Ahí me di cuenta de que ese subtema podía ser el tema de mi próxima película.

–El miedo a la soledad en la vejez parece ser un miedo muy propio…

–Sí, es mi miedo más grande, porque lo he visto en mi papá, que en los últimos tiempos se sentía bastante solo. Aunque estuviera rodeado de hijos, se sentía solo. Los tipos se caen más en la vejez que las mujeres. Cuando enviudan, las minas salen entre amigas, las ves en los bares charlando y arman salidas o viajes. Las mujeres que hoy son mayores se criaron con el mandato de estar a la sombra del hombre y cuando el tipo se va, pasan a la luz. Los tipos, en cambio, suelen caerse, y si eso me ocurriera, me parece bravo. Es duro.

–Sin embargo, hoy tenés un hijo de 6 años que te espera para ver dibujitos, y una mujer joven, muy activa. Ellos te ayudarán a pensar en otra cosa, ¿no? ¿Qué es, en todo caso, lo que te inspira y revitaliza?

–Paso mucho tiempo con mi hijo, Fede, y estoy muy entusiasmado con los libros de Historia. Esto de estudiar Ciencias Políticas me está interesando realmente, y fuera de los libros, me gusta jugar al pool y tocar el violín. Lo que quisiera el año que viene es recuperar alguna tarde libre para ir al cine, y hacer almuerzos largos con mis amigos. Y seguir apostando a mi familia porque ellos van a ser los que me acompañen en la vejez (se ríe). Y ojalá podamos continuar haciendo cosas con mi equipo. Quién te dice, por ahí con Ciencias Políticas descubro una veta nueva y empiezo a hacer cine político.

–Entre tus temas recurrentes está la importancia de llevar la vida con la mayor dignidad posible…

-Sí, es un tema fuerte para mí, y está muy presente en este último personaje, el intelectual judío que hace Brandoni en Parque Lezama. Por ahí, pienso: “¿Cómo soy yo? ¿Cómo la gente que admiro, la que dice lo que le parece, o cómo los que se callan? Hace un tiempo redescubrí  la historia y es apasionante ver cómo se repiten los procesos. Si leés sobre las últimas décadas de la República romana, parece que estuvieras leyendo el diario de hoy. Había reuniones en el Senado, crisis económicas y se hablaba de hipotecas. En vez de imaginarme a los emperadores, me imagino al tipo común y cómo vivió viendo pasar a Calígula y Nerón, como nosotros vimos pasar a Menem o a Néstor Kirchner.

–Son treinta los años desde el regreso de la democracia. ¿Cómo venimos y hacia dónde vamos?

–Lo que veo es que la democracia no es solo votar. Y me da miedo esta idea de que con el voto se termina todo. La democracia es un espíritu y no solo una letra de la ley. La letra de la ley puede indicar que no se puede castigar al que piensa distinto, pero el espíritu es que, además, hay que respetarlo. Este es un momento de una intolerancia muy grande hacia el que piensa diferente y, entonces, siento que estamos en el punto más bajo de los últimos treinta años. Y lo digo aun cuando haya algunos indicadores de que, en otro orden de cosas, podemos estamos mejor.

–¿Cuáles?

–Hay un respeto y una aceptación mayor hacia los homosexuales, y ya no existe, por ejemplo, la idea de que podamos tener un golpe militar. Por eso, no se puede creer que algunos acusen a otros de golpistas. Hay cosas que no están bien y es una grandísima pena que el Gobierno trate de negarlas o que se tapen con eslóganes como “El amor vence al odio”.

–Para terminar, ¿qué vas a pedir y agradecer este fin de año?

–Si todo sale bien, el 31 ya vamos a estar de vacaciones. Y nunca pido deseos a fin de año. Para mí, las fechas establecidas como fin de año y los cumpleaños no son tan importantes, trato de pasarlas. La Navidad, de todos modos, me hace acordar a mi mamá, que se pasaba un mes entero preparando esa noche. Venían cuarenta personas y la reunión era linda, con los tíos y los primos, pero también había unos nervios terribles. Mamá preparaba todo como si fuera un gran estreno de teatro. Ensayábamos un acto de magia, y yo era su asistente. ¡No sabés lo que eran los ensayos! Era tremendo. 

–Y vos, ¿seguís siendo nostálgico?

–Sí. Creo que hay cosas lindas para recordar y rescato muchas de ellas, pero también creo en el progreso. Soy twittero, por ejemplo, y me encanta esa comunicación con desconocidos, pero cuando la cosa se empieza a despersonalizar y hace que hablemos menos, ahí trato de revisarlo. En nuestro país hay cosas que todavía no perdemos. Poder viajar y haber vivido un tiempo afuera te permite, sin dejar de ver lo malo, apreciar las cosas buenas. Y acá con los amigos nos seguimos juntando. Ya no serán esos almuerzos largos de antes, pero nos ponemos al día. El año que viene quiero verlos más. Hacer algo más que ponernos al día. 

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