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Vivir bien

3 julio, 2018

¡A bailar!

La danza es un arte y una práctica no solo reservada para entendidos. Al contrario: todos podemos (y en gran medida debemos) poner el cuerpo en movimiento al ritmo de la música. Como fuente de expresión, de conexión y de alegría.


Por María Eugenia Sidoti. Ilustración: Eugenia Mello.

un lado, al otro, vuelta entera, pierna arriba, salto. Tenía 8 años la última vez que desplegué todo ese potencial en público. Fue después de rendir el examen de ingreso a una escuela de ballet. De verdad creía estar haciéndolo bien, hasta que alcancé a divisar el gesto de desconcierto de los jurados. “Bajo desempeño”, anotaron en mi ficha a modo de debut y despedida. Aquella tarde volví a casa con la sensación de haber sido condenada al exilio de mis posibilidades con la danza, pero aun así disfruté como nunca la merienda: chocolatada con pan y manteca.

Desde entonces, elegí salir con sigilo de cada situación de baile que se ofrecía ante mí: aunque aprendí a moverme por cortesía en festejos y salidas con amigas, siempre terminaba huyendo hacia algún rincón apto para sedentarios. Por eso, cuando el año pasado hice una clase de Ritmos latinos en el gimnasio, a modo de prueba, me dije que nuevamente sería la primera y, sin duda, también la última vez. 

Sin embargo, acá me encuentran: bailando. El desenlace, inesperado, es obra de Zahira López Sosa, mi profesora. Bailarina, coreógrafa e instructora de Zumba, explica: “A veces, uno se siente ajeno al baile, pero nadie lo es: en la vida cotidiana está siempre. A nivel profesional, es cierto que existe frustración, pero también hay mucho amor. Por eso, es necesario aprender a transformar las caídas en algo positivo, y seguir”. Fue Silvina, su maestra de danza de los 5 años, la que divisó el potencial y la impulsó. Zahira atendió el llamado del destino: continuó tomando clases y más tarde abandonó la carrera de Derecho para entregarse de lleno: a la mañana trabaja en una oficina, a la tarde da clases y sigue su formación. Se siente, se nota; su pasión es palpable en cada encuentro. “Venir a sus clases me hace bien al alma, me cambia el día, me sana”, dice en un alto Daniela, compañera adorable y una de las mujeres que integra esa red dispuesta a compartir coreografías, ilusiones y sueños. Al terminar, es tiempo de abrazos y todas nos vamos sonrientes, transpiradas, distintas 

“Si pudiera decirte lo que se siente, no valdría la pena bailarlo”.

(Isadora Duncan)

“El origen de la danza reside en el principio de lo femenino. Antes de que se la cultivara como arte, se llevaba a cabo en un espacio ritualmente consagrado. La danza fue, originalmente, una celebración extática, mística; una forma de veneración destinada a invocar la manifestación o personificación de los poderes primordiales”, explica David Michael Levin, profesor de la Universidad de Northwestern, Estados Unidos, en su trabajo de investigación “Los filósofos y la danza”. Entonces, comprendo que esa unión que sentimos quienes de pronto bailamos nos viene de antes. De cuando nuestros ancestros se unían en un círculo para hacerlo, en la búsqueda de sentidos más allá de los propios pies. 

Así bailó Zaratustra

“Cantando y bailando manifiéstese el ser humano como miembro de una comunidad superior: ha desaprendido a andar y a hablar y está en camino de echar a volar por los aires bailando. Por sus gestos habla la transformación mágica”, dijo Friedrich Nietszche para describir a Dionisio. Y en Así habló Zaratustra, el filósofo alemán imaginó a un dios capaz de danzar, trazando un puente entre el mundo intelectual, espiritual y físico. 

Hacer poesía con el cuerpo. Ponerles alas a los pies. Fluir y dejar fluir. Llenarse de energía. Soltar emociones. Algunas, apenas, de todas las expresiones que suelen definir el arte de bailar. Aun para aquellos que no somos tan esbeltos ni tan gráciles como los bailarines de las piezas que nos ofrecen los teatros, las películas y los programas de TV, danzar es algo bello y gratificante, aunque no siempre nos animemos a hacerlo abiertamente ante los ojos de los demás. “Bailo cuando limpio mi casa; pongo canciones de los ochenta y no puedo parar”, confiesa una amiga y, con una sonrisa, la imagino moviendo el escobillón al ritmo de Madonna y Cyndi Lauper. Mi marido, que “plancha” en todas las fiestas, reconoce que no es que no le guste, sino que le da vergüenza. “Soy de madera”, se excusa.

Pero es que no hace falta ser un entendido para moverse al ritmo de la música. “Como profesora enseño a bailar desde la técnica, pero también doy clases de Zumba, que es algo muy distinto. Al principio tenía resistencias, pero me di cuenta de que era un puente para que los que no se animan se pongan en movimiento, libres de toda preocupación”, destaca Zahira. Como ella, quienes danzan aseguran que para hacerlo basta con conectar cada parte del cuerpo con las emociones más profundas del espíritu. Y entonces, solo es cuestión de dejarse llevar. 

Zahira integra un canal de YouTube llamado So Dance para llevar el baile más allá del gym. A través de las redes, todos los días recibe muestras de afecto de sus alumnas. “Me voy movilizada y he llorado infinidad de veces, sobre todo cuando me dicen que mis clases les hacen bien. Ellas también me modifican a mí: la energía se transmite y se comparte. Me gusta conectar con eso, porque es lo que elijo para mi vida. Bailar es amor, es vivir”, confiesa. 

Luciana, que tiene 44 años y es psicóloga, cuenta que bailando descubrió un espacio liberador: “Me alivia de mis cosas y de paso tonifico el cuerpo. Empecé porque quería hacer alguna actividad física y no me gusta ir al gimnasio. Enseguida se convirtió en una especie de terapia: voy en invierno, en verano, con lluvia, con calor de 40 grados, ¡no falto nunca! Mi marido lo agradece: vuelvo riéndome y saltando”. 

¿Por qué bailar?

• Al bailar 20 minutos por la mañana al ritmo de nuestras canciones favoritas, empezamos el día con una sonrisa y con energía renovada. 

• Nos vuelve más conscientes de nuestro cuerpo, sus rigideces y las desconexiones de cada zona. 

• Científicos de Canadá comprobaron que las personas con enfermedad de Parkinson dejaban de temblar cuando bailaban tango de manera continuada. 

• Por ser una actividad social, no solo nos conecta con nosotros mismos, sino también con otras personas, lo que fomenta la empatía y atenúa la timidez. 

• Pone en movimiento nuestros músculos, pero a la vez activa conexiones neuronales que benefician la coordinación y la memoria. 

• Según una investigación publicada en la revista New England Journal of Medicine, puede prevenir enfermedades neurodegenerativas y aumentar la agudeza mental a todas las edades.

• Es una terapia perfecta para dejar atrás la tristeza y el estrés. Además, sirve para mejorar la capacidad pulmonar y cardíaca, así como el metabolismo, y tonificar los músculos.

El beneficio está claro: al ser un ejercicio aeróbico, exige coordinación, mejora la concentración, libera endorfinas y reduce el estrés. “El baile es una actividad física y, por esa razón, es bueno tanto para el cuerpo como para el cerebro. Aumenta la circulación, barre el colesterol, mejora el metabolismo y oxigena la sangre. A nivel cerebral produce endorfinas y dopamina, que aumentan el bienestar y tienden a la recompensa; por eso, dan ganas de volver a hacerlo. Además, hay algo lúdico que brinda sensación de libertad y estimula la neuroplasticidad: al estar pendientes de seguir la música con movimientos, activamos distintas áreas del cerebro. Conecta con el ahora, produce atención plena, genera actividad interhemisférica y, si se baila con otro, crea encuentro, relación, confianza. ¡Y sobre todo divierte! Por eso digo que es gratificante para el cuerpo, para el cerebro y para la vida”, resume la doctora Florencia Salort, médica del Hospital Italiano de Buenos Aires y columnista a cargo del segmento “Cuerpo y emociones”, de Sophiaonline.com.ar.

Hay estudios que señalan, incluso, que el baile revierte la pérdida de la memoria. “Mientras que completar crucigramas y otros pasatiempos reduce el riesgo de demencia hasta en un 47%, el baile lo hace en un 76%”, puede leerse en un informe de la Escuela de Medicina Albert Einstein de Nueva York. Un estudio de 2004, publicado por la International Journal of Neuroscience, dejó entrever que un grupo de adolescentes con depresión leve salió de esa situación gracias al baile, debido a que su práctica incrementa la empatía y la sociabilidad. Por su parte, la revista New England Journal of Medicine aseguró, en un artículo reciente, que hacerlo puede reducir drásticamente la aparición de la demencia y la enfermedad de Alzheimer.

En su libro Una intensa vida, la reconocida bailarina argentina Paloma Herrera, hoy directora del Ballet Estable del Teatro Colón, asegura haber nacido “marcada a fuego” para hacerlo. “Bailé porque no podía no bailar. Era el aire que respiraba”, escribió. A sus 96 años, María Fux, coreógrafa, terapeuta y docente, sigue haciendo del baile una forma de existir y también de ayudar a los otros. “No danzamos para gustar, sino para ser nosotros mismos, para poder crear, expresarnos y comunicarnos con los demás. Para convertir los ‘no’ del cuerpo en ‘sí, puedo’, en ‘esto que estoy haciendo me pertenece’”, comparte acerca de su método, la danzaterapia, una de las prácticas con las que mueve y conmueve a aquellas personas que nunca imaginaron poder bailar debido a impedimentos físicos. 

Tomados de la mano, energía pura, mientras suenan los clásicos del rock & roll de los cincuenta. O más juntos todavía, sumergidos en el sentido acontecer del tango. Con técnica, en un fastuoso baile de salón. O sin ella, improvisando una cumbia al paso. La danza nos inspira y nos conecta. Nos mueve en desplazamientos variados que se nutren y transforman. Para el investigador Ian Drive, autor del libro Un siglo de baile, se trata de un indicativo de cómo han interpretado las personas los acontecimientos sociales de su tiempo, a través de un encuentro que nos integra como individuos, en un sentir compartido. Alguna vez hubo bailes censurados por amorales o decadentes. Y luego llegaron otros, liberadores y llenos de emoción. Cada cual podrá encontrar el suyo, mientras reconozca en él la esencia de lo que quiere expresar y no sienta pudor de hacerlo visible, aun cuando las extremidades se enreden sin remedio. ¿Alguien más tiene ganas de volver a intentarlo también?

La danza como herramienta de integración

POR LUNA RIVAS*

La mayor parte de nuestra vida vivimos en piloto automático y hacemos hábito de movimientos que se vuelven repetitivos por las exigencias y la máscara-personaje que construimos para interactuar con el mundo. Así, poco a poco, hacemos identidad con un personaje que es solo una parte de nosotros, se restringe la posibilidad de ser espontáneos y se corta el flujo de energía. Muchas veces cristalizamos esa automatización para no sentir. Así como desconectamos de lo que en verdad sentimos, que puede ser doloroso, también nos negamos la posibilidad de expandirnos.

Todo sentimiento, emoción y percepción pueden ser danzados. Para bailar, no es necesario hacerlo “bien”. Todos podemos danzar y, al hacerlo, poner en movimiento aquellas emociones que no siempre se pueden expresar con palabras. La posibilidad de crear permite que aquello reprimido no quede guardado o escondido; nos habilita a conectar con nuestros aspectos rechazados, con la sombra.

Cuando estamos tristes, el cuerpo se hace bollito, ahorra energía, se retrae. Movernos para expresar esas penas alivia. En un mundo donde vivimos disociados, la danza es una herramienta de integración: aceptar las partes que no miramos y entrar en diálogo con ellas es sanador. Se ve claro en personas que atraviesan una crisis vital fuerte. He visto lo asombroso que resulta transitarlo con el cuerpo, jugar, dar forma y estar en compañía de otros durante ese proceso. Ese baile siempre es bello porque es lo que nos está pasando, aunque duela. Encontrarnos, compartir, salir del ostracismo de la mente, de la obsesión, es permitir que el cuerpo hable, y eso siempre es maravilloso.

Para mí, la danza es terapéutica. Es un movimiento que da lugar a la intuición, a la poesía; nos inspira. El profesor será el encargado de acompañar y dar confianza; el grupo hará el resto. Al final de cada encuentro, habremos recibido un gran regalo: prestar atención a nuestro cuerpo. Animarnos a bailar una danza propia es una invitación a dejar de estar anestesiados.

*Terapeuta corporal, guía de talleres de arquetipos femeninos y duelos inconclusos, masoterapeuta, docente de Fundación Columbia de Conciencia y Energía.

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