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Sociedad

8 julio, 2019

9 de julio: ¿por qué celebramos?

Un recorrido a través de los símbolos, usos y costumbres que forjaron nuestra cultura y construyeron nuestro sentido de la patria. ¿Qué pasó en 1816, cómo se vivía y qué cosas definían la vida de los habitantes de estas tierras? Te invitamos a un viaje a través del tiempo


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En 1816 convergieron dos hechos fundamentales para la historia nacional: la declaración de la Independencia y la organización final del plan de guerra de José de San Martín, que sería el garante de esa Independencia y la llevaría más allá de las Provincias Unidas

El contexto internacional donde esto ocurría era complejo: España se había liberado de los franceses y el Rey Fernando VII había vuelto al trono y se predisponía a recuperar los territorios americanos que estaban en manos de los revolucionarios. El ejército realista había comenzado a avanzar por toda la región derrotando a una parte de los movimientos independentistas americanos.

En medio de esa situación, las Provincias Unidas se juntaron para decidir qué hacer ante el peligro realista. El Congreso General Constituyente de las Provincias Unidas en Sudamérica se reunió en San Miguel de Tucumán para limar asperezas entre Buenos Aires y las provincias, cuyas relaciones estaban deterioradas. Cada provincia eligió un diputado cada 15.000 habitantes. Las sesiones del Congreso se iniciaron el 24 de marzo de 1816 con la presencia de 33 diputados de diferentes provincias de un territorio bien diferente a lo que hoy es Argentina. Por ejemplo: Charcas, hoy parte de Bolivia, envió un representante. En cambio, Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe no participaron del Congreso porque estaban enfrentadas con Buenos Aires y en ese entonces integraban la Liga de los Pueblos Libres junto con la Banda Oriental, bajo el mando del Gral. José Gervasio Artigas.

Lo fundamental del Congreso fue que el 9 de julio de 1816 los representantes firmaron la declaración de la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica y la afirmación de la voluntad de “investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli” y “de toda otra dominación extranjera”. De este modo, después del proceso político iniciado con la Revolución de Mayo de 1810, se asumió por primera vez una manifiesta voluntad de emancipación. 

Proponemos abordar el hecho a partir de algunos “objetos” –lugares, textos, canciones, prendas de vestir- que invitan a reflexionar sobre aquel hecho político y a conocer cómo era la vida cotidiana de aquel entonces.

Fuente: Educ.ar

La declaración

«Nos los representantes de las Provincias Unidas en Sud América, reunidos en congreso general, invocando al Eterno que preside el universo, en nombre y por la autoridad de los pueblos que representamos, protestando al Cielo, a las naciones y hombres todos del globo la justicia que regla nuestros votos: declaramos solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que los ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando séptimo, sus sucesores y metrópoli». (…).

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Así comienza el Acta de la declaración, firmada los congresales, representantes de todas las provincias. Obviamente todos ellos eran varones, porque la participación de mujeres llegó muchísimos años después. Por ese entonces ellas quedaban supeditadas a la vida doméstica, familiar y a los momentos de salidas religiosas o de esparcimiento.

Veamos cómo era la vida allá por 1816…

El lugar de la mujer

Si bien los varones fueron protagonistas de la toma de decisiones durante aquellos años y empuñaron las armas durante los combates por la Independencia de nuestro país, el historiador argentino Miguel Ángel De Marco destaca el «papel extremadamente importante» de las mujeres argentinas durante aquellos años porque, aun dentro de la rigidez que les imponía la estructura social imperante, ellas sabían encontrar la forma de influir a sus maridos y de hacerse escuchar por ellos.

El trato igualitario era un concepto que aun no existía y fue Juana Manso quien afirmó, años más tarde, que las mujeres «sólo alcanzarían una verdadera igualdad el día en que tuvieran acceso a una educación sin discriminación». Es que por entonces la formación de las mujeres se reducía a la alfabetización básica y las labores manuales, según explica la investigación histórica llevada adelante por La Casa del Bicentenario. «La autoridad, la participación y la formación de saberes eran prerrogativas masculinas: la mujer cumplía en el trabajo un rol reproductor».

La importancia de la vida social

A las ocho de la noche la vida doméstica quedaba en pausa hasta el día siguiente (la iluminación se lograba con velas, faroles de hierro y papel y mecheros en las casas más pudientes), cuando todos retornaban a sus ocupaciones. Las reuniones entre familias marcaban el compás de la sociedad y en el seno de estos encuentros se entretejían desde relaciones entrañables, hasta acuerdos económicos, luchas por el poder y pugnas por el apellido.

«El traje de las jóvenes era de lo más sencillo y sin ostentación, reinando en aquellas reuniones la mayor cordialidad y confianza. En efecto, esas tertulias eran verdaderas reuniones de familia, sin el lujo, a veces desmedido, ni la fría reserva que se nota en muchas de nuestras actuales soirées. No se precisaba de espléndidas cenas ni de riquísimos trajes; el baile, la música, la conversación familiar, el trato franco, y sin intriga, y el buen humor, bastaban para proporcionar ratos deliciosos», describe magníficamente el escritor José Antonio Wilde, quien supo retratar como nadie los detalles de la vida en tiempos de la Independencia.

El mate, ese fiel compañero

Cuentan los historiadores que la costumbre del mate se mantiene vigente desde entonces, aunque nació mucho antes: si bien el origen del consumo de yerba mate no tiene fecha cierta, la tradición se registra paralelamente en el norte de Argentina y en el sur de Brasil. El nombre «mate» deriva de la palabra quechua «mati» y la infusión fue una de las tantas herencia que recibieron los españoles de los indígenas que habitaban nuestra tierra. Con los años, las técnicas se perfeccionaron (al principio los conquistadores usaban la yerba mate para preparar mate cocido), hasta dar lugar a la infusión tal como se la conoce hoy, con el tradicional recipiente elaborado de calabaza y una bombilla confeccionada con una caña muy finita.

«El mate se servía en ayunas, muchas veces se tomaba en la cama, como que había para ello bastantes sirvientes y menos necesidad de economizar el tiempo. A las 9 o 10 el almuerzo; entre éste y la comida mate; de 2 a 3 de la tarde, la comida; de 6 a 7 otra vez mate, cena (según la posición social de la familia) a las 9, 10, 11 y aun 12 de la noche. Los niños cenaban; se les daba, al anochecer o algo más tarde, café con leche, leche sola o chocolate; esto se llamaba merienda», se puede leer en el libro «Buenos Aires desde 70 años atrás (1810-1880)».

La Iglesia como espacio congregante

«La concurrencia a la iglesia era casi constante. La verdad es que para cumplir y asistir debidamente a todas las fiestas y funciones de iglesia, era preciso pasarse en ella gran parte del día y aun algunas horas de la noche. Las procesiones se repetían con admirable frecuencia, y la concurrencia era inmensa; una y aun dos horas antes de salir, las campanas atronaban el aire, lo mismo que durante la procesión», contaba por entonces José Antonio Wilde.

«La ciudad de Buenos Aires comenzó a elevarse, y entre las numerosas construcciones asomaron un sinfín de templos católicos. Por su concentración, fue en Buenos Aires donde más se notó este desarrollo, pero la construcción de iglesias se repitió también en otras capitales y ciudades importantes. Esta multiplicación de los recintos sagrados tuvo como protagonista a las mujeres “distinguidas”, las matronas de las familias que por aquellos años acumularon grandes fortunas y contribuyeron al enriquecimiento de la arquitectura religiosa, construyendo los mejores templos de la geografía porteña. En algunos casos el nombre de las mujeres estaba asociado al de sus esposos», señala la nota «La caridad de las mujeres católicas» de la revista Todo es Historia.

Los primeros caminos del juego

Wilde recrea muchos de los paisajes típicos y detalles de la vida de la época, que fueron luego retratados por numerosos estudiosos de la historia argentina: «Allá por el año 1816 hasta 1821 se jugaba una lotería -creo que por cuenta de la Hermandad de Caridad-, que se efectuaba en armonía con el atraso en materia administrativa de aquellos tiempos. El billete se vendía a 10 centavos; para efectuar esta venta se ponía en la esquina de cada cuadra un hombre a quien se le llamaba lotero, que estaba sentado teniendo por delante una mesita con los papeles necesarios rayados y numerados, un enorme tintero y arenillero de estaño, una larga pluma de ganso, etc. Cuando se retiraban de noche, dejaban la mesita en el zaguán de alguna casa inmediata», describe.

Las salidas sociales

En la calles abundaban los juegos con pelotas de trapo o las carreras, y eran parte del paisaje los grupos de chicos —y no tanto— jugando a la rayuela, el balero y el trompo. En épocas de carnaval había bailes donde se arrojaban harina y agua. Debido a la importancia de la vida espiritual, la mayoría de los festejos eran de carácter religioso y se veneraban especialmente las bondades de San Miguel y de la Virgen de la Merced.

«La elite hispano-criolla pasaba sus tardes en las tertulias, el ámbito de sociabilidad por excelencia y uno de los mayores pasatiempos de las damas. A lo largo de extendidas veladas las tertulias eran inmejorable ocasión para bailar, escuchar música, cantar, cortejar, encontrar pareja, y en ocasiones conspirar contra el gobierno de turno», cuenta la revista Todo es Historia, acerca de las tertulias, una costumbre heredada de los españoles que caló hondo en la configuración social de la época.

Durante el día, la plaza del pueblo era el lugar de reunión por excelencia y allí se desarrollaban la mayor parte de las charlas y de las actividades comerciales de la época.

La vestimenta

El lujo no marcaba la vida por ese tiempo. Las mujeres llevaban faldas, camisas y vestidos largos, que se ensanchaban hacia los pies. La confección era una copia de los modelos importados de España y la mayor parte de las telas se traían de Europa, como el terciopelo, la sede, el algodón, la gasa, el encaje y la balleta que servía a las mujeres de las clases menos acomodadas (indígenas, negras y mulatas) para fabricar sus propias enaguas.

Desde 1810 hasta 1820, las mujeres prácticamente no conocían a las modistas: solían coser y bordar sus trajes y también armarse los pares de zapatos, con telas cosidas en sus propias hormas y suelas que le encargaban a un zapatero.  Los atuendos de color negro se reservaban para ir a misa, dado que los eventos religiosos era una de las salidas principales para las mujeres de aquel entonces. «Mucho cuidaban del pelo, que era, por lo general, muy largo; no era raro ver trenzas de más de vara y media, sujetas sólo por medio de una peineta», cuenta Wilde.

Los varones, por su parte, usaban pantalones claros, al cuerpo, calzas, chalecos, levitas, fracs y sombrero.

«Durante la época de colonia el uso del poncho se extendió entre los mestizos, los españoles y los criollos, sobre todo de sectores populares. Usaban, sobre todo, el poncho estilo vichará, de color gris o azul con una franja oscura. Muchos hombres, debido a su pobreza, usaban los ponchos sin nada abajo, de allí que se los llamara “descamisados”. Hay que tener presente que en aquella época, para comprar su ropa un jornalero tenía que trabajar durante dos meses«, describe el portal educativo Educ.ar.

Platos de época

Algunos de los más preparados eran: sopa de arroz (que llegaba desde Oriente), de fideos, de pan y de fariña; puchero, asado de vaca, carnero, cordero, ave, matambre (carne de ternera poco o nada), guisos, carbonada con zapallo, papas o choclos; zapallitos rellenos y estofado con ídem; niños envueltos, tortilla hecha con harina; locro de trigo o de maíz, humita en grano o en chala; charqui y mazamorra, entre otros. El maíz era la figura principal de la mesa y con su harina se preparaban tortas y masas. Se consumían gran cantidad de verduras y para la sobremesa se reservaban el café, el chocolate caliente o el mate.

Guiso de mondongo con humita, uno de los platos típicos de la época.

El comedor era «una pieza completamente desprovista de todo adorno y de cuanto pudiera llamarse confort», escribe Wilde. Sin embargo, allí era donde recibían al que llegaba a la hora de almorzar, comer o cenar, «con ese franco agasajo y afabilidad peculiar a nuestro país, especialmente en aquellos tiempos de frugalidad y sencillez, sin ruborizarse por la falta de mueblaje». En las casas menos acomodadas, aunque no pobres, la costumbre era servir el vino para todos los comensales en un solo vaso que pasaba de mano en mano y, por consiguiente, de boca en boca.

Para el postre, las tradicionales mazamorra, cuajada, natilla, bocadillos de papa o batata, dulce de todas clases en invierno y fruta de toda clase en verano.

Pero algunas familias no almorzaban jamás: tomaban mate y comían pan hasta la tarde. La siesta era un momento sagrado para muchos, costumbre que no ha perdido vigencia en muchas ciudades y pueblos de nuestro querido y vasto país.

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