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Sociedad

28 marzo, 2018 | Por

6 a 1, en el país de los niños

Anoche, la Selección Nacional perdió de forma contundente frente a España, con un resultado que para muchos resultó ser "una humillación" o, en palabras de muchos comentaristas, "una vergüenza". ¿Y ahora?


La cobertura de los diarios nacionales marcaron la agenda de una jornada de profunda reflexión futbolera.

Anoche, tras la derrota de la selección nacional frente a España por 6 a 1, mi hijo de 6 años me preguntó  tragando saliva: “Mami, ¿y ahora qué nos va a pasar?”. No habíamos visto el partido (estábamos jugando a la lucha de Dragon Ball, cuerpo a cuerpo), pero sí alcanzamos a oír la cobertura periodística de tono catastrófico que nos llegaba, omnipresente, desde el televisor.

Supongo que mi hijo temía, en el fondo, un castigo mayor, más allá de la clara y contundente derrota. E interpretó que a ésa seguirían después otras desgracias. ¿Cómo podía ser que se nos diera por fracasar de ese modo? Por lo visto, sus oídos de niño habían captado el mensaje que quienes hablaban querían transmitir: nunca era una buena noticia perder, y menos de una manera tan vergonzosa.

Lo tranquilicé diciendo que no pasaría nada. Que solo se seguiría hablando de eso hasta que apareciera algo mejor (o probablemente algo peor, pero eso no se lo dije) que contar en las noticias. Y seguimos jugando un rato más.

Hoy, al despertar y leer las portadas de los diarios, volví a pensar en eso. En el dilema existencial que nos ofrecen los desaciertos, pero sobre todo en cómo interpretarlos. No pude evitar volver a una situación futbolística que viví cuando recién empezaba en el periodismo. La única, en realidad: los asuntos de la pelota no son, ni de lejos, lo mío.

Era 2001 y del canal donde trabajaba como productora me mandaron al predio de Ezeiza, para cubrir la conferencia de prensa de Marcelo Bielsa, por entonces técnico de la Selección Nacional. Eran todos varones y realmente temía preguntar en voz alta. No creía que pudiera aportar nada a la conversación de entendidos acerca de los pronósticos para el Mundial, que se celebraría el año próximo.

Pero entonces el micrófono fue pasando y llegó hasta mis manos. “Bielsa, ¿usted cree que la Argentina puede ganar la copa?”, balbuceé. Sentía que era una cosa muy obvia; que diría que sí, sin dudar.  ¿Cómo no iba a estar convencido de eso? La respuesta fue, en cambio, otra: “No”, respondió, a secas. Luego explicó que, para lograrlo, todavía quedaba mucho trabajo por hacer y además nunca era una buena idea creernos los mejores del mundo. Muchos criticaron sus declaraciones de aquel día. Al parecer, nadie quería imaginar para nosotros caminos tan empinados. Mucho menos renunciar a la fantasía de sabernos eternos favoritos.

“Loco”, le decían por entonces a aquel hombre de fútbol de carácter solitario, consecuente con sus ideas y algo romántico, que prefería el silencio y los retiros en el campo, a los estertores mediáticos y las charlas fatuas. ¿En qué cabeza cabía la posibilidad de perder? Nah… cosas del loco Bielsa.

No solo perdimos en Corea-Japón. Además, tuvimos el peor rendimiento de la historia de la camiseta celeste y blanca. Fue un drama nacional, claro, como siempre que perdemos. Pero apenas duró algunos días y ya estábamos hablando de otra cosa: un país en crisis, con corralito, corralón y otras desgracias, entonces sí, verdaderas.

Hoy, muchos creen que Messi es el único que puede salvarnos y ensayan nuevas teorías bajo su halo. No obstante, sabemos que no dudarán en desterrarlo del altar si nos toca volver de Rusia con las manos vacías. En el fondo, nos cuesta entender que la decepción pueda ser una alternativa saludable en la búsqueda de la madurez. Por mi parte, espero que mi hijo lo sepa bien, aunque decida ser tan poco futbolero como su madre: para crecer siempre hay que comerse alguna que otra goleada en esta vida y aprender a sacar algo bueno también de eso.

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